El abeto

El otro día se me antojó leer un libro en un pequeño parque en pleno centro de Madrid. Tenía que hacer tiempo para un evento y se me ocurrió que era una buena idea aprovecharlo para proseguir con una de mis lecturas. Busqué un lugar lo más apartado del bullicio posible y, a la vez, lo más cercano a la naturaleza que se te permite en el corazón de una gran ciudad.

Me recuerdo caprichosa a la hora de escoger el banco en el que me iba a sentar. Para mi era algo importante. Me había propuesto exprimir mi experiencia de lectura al máximo. Debía de ser un banco recogido, apartado de la carretera, pero a la vez con unas bellas vistas a la vegetación y al cielo de Madrid. Al final, después de no convencerme ninguno de los disponibles, retomé mi camino de vuelta y elegí uno aleatoriamente en una pequeña plaza. Aun siendo un frío día de otoño, yo disfruté con calidez de ese pequeño momento de libertad interior.

Cuando ya hubo transcurrido un buen rato, me descubrí levantando la vista para admirar el cielo con una creciente frecuencia. Significaba que mi momento de lectura estaba llegando a su fin. Personalmente siempre me ha resultado muy tentador mirar al cielo. Hasta entonces, el libro había sido un compañero de viaje efectivo a la desconexión de mis alrededores y del mundo. No obstante, parecía que otro de mis momentos reflexivos quería verse nacer en aquel pequeño parque del centro de Madrid. 

Atardecía. Aunque el cielo estaba nublado, los coloridos reflejos de la puesta de sol sobre las nubes eran verdaderamente hermosos. Para más inri, un viento delicado zarandeaba suavemente un abeto que, orgulloso, se erguía en frente de mi. Me encanta el viento, me hace sentirme muy viva. Diría que me aclara por dentro y que incluso se lleva con él todo lo que está rumiando mi mente. Con paciencia y cariño me recuerda acordarme de mi misma, trayéndome de vuelta al momento presente. Parece una llave que me conecta con una pasmosa autenticidad a mi verdadera naturaleza, a mi verdadero yo. 

Observé con más detalle el abeto. Daba la sensación de que a él también le hacía sentirse bien el viento. Sus ramas bailaban con gracilidad e incluso podría decirse que con cierta alegría. Hubo un instante en el que afloró en mi una sonrisa con el pensamiento de que estuviese danzando para mi, intentando llamar mi atención mediante su lenguaje de árbol. Como si de un vivo cuadro se tratase, las luces del cielo tras él lo retrataban ensalzando aún más la belleza de su silueta y sus movimientos. Otros abetos también crecían a sus lados y proseguían de manera lineal en toda la longitud del parque, pero yo solo tenía ojos para ese abeto, era un abeto especial. 

No recuerdo cuánto tiempo estuve mirando el árbol y reflexionando, pero en un momento dado empezó a chispear. Entendí que ya había finalizado mi descubrimiento y disfrute de ese pequeño parque del centro de Madrid. Eché una última mirada hacia el árbol. Bajo mis ojos había sido mucho más que un abeto entre esa jungla de cemento y velocidad. Con una agradable sensación en mi pecho, me dirigí en búsqueda de una cafetería donde resguardarme y poder seguir aprovechando esos minutos de oro antes de afrontar otro de mis quehaceres, maravillosamente cada vez menos rutinarios.

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