El último día de mi vida

Para valorar más tu propia vida, muchos recomiendan realizar un diario de la gratitud. Dicen (y corroboro), que da muy buenos resultados en cuanto a su objetivo es, adquirir el hábito de ser una persona más agradecida. No son pocos los expertos en el campo de la psicología y la psiquiatría que encomian dicha práctica debido a su capacidad de incrementar nuestra sensación de plenitud y felicidad. A través de mi experimentación con ella, me encontré con un tesoro inesperado en mi camino.

Me di cuenta de que las cosas por las que me sentía agradecida tenían un mensaje de fondo, algo en común. Empleando dicho conocimiento comencé inconscientemente a describir cómo querría que fuese el último día de mi vida. Así, he tenido la oportunidad de fantasear con él, de anticiparlo. ¿Porqué tengo que esperarme a esos últimos instantes para adquirir la capacidad de exprimirlo todo a consciencia, si lo puedo hacer ahora? Aunque parezca irónico, el divagar sobre mi propia muerte ha traído más presencia, equilibrio y alegría a mis días. Lo podría definir de manera sencilla como una mejora de mi capacidad de apreciar los instantes y sus detalles. 

IDENTIFICA LOS PILARES DE TU VIDA

Jugando con este diario de la gratitud, he podido descubrir cuatro grandes pilares en mi vida. Esos que van más allá de mis etiquetas de personalidad, apegos y revelaciones de mi ego. Son con los que experimento los momentos más cercanos a una felicidad plena. Estos son: la conexión con la naturalezael amor hacia mí misma y hacia los demás, mi capacidad de crear y mi contribución al mundo. Puestos a elegir, querría que mi último día (y todos) estuviese compuesto por ellos.

Creo que es una necesidad básica de todo ser humano el sentir que su existencia ha tenido valor y sentido. Por ello, es comprensible que en esos momentos en los que nos aproximamos a enfrentar nuestra mortalidad, empecemos a cuestionarnos asuntos más profundos. De repente, nos llenamos de preguntas y respuestas que hemos ido evadiendo toda nuestra vida. Algunas personas prefieren momentos más meditativos e íntimos. Otras escogen llenar el tiempo que les queda de experiencias o sueños pospuestos. Y quién puede juzgar cualquier elección, cuando todos compartimos el mismo miedo a morir.

EMPIEZA A HACER LAS PACES CONTIGO MISMO/A

Si tuviese el suficiente coraje, el último día de mi vida ideal estaría marcado por momentos de calidad conmigo misma. Como tantas veces aconsejo a mis seres queridos, me trataría como si ante mis ojos fuese una de ellos. Y me amaría, me amaría como nunca antes lo haya hecho. Me abrazaría con fuerza para disipar por fin esos miedos humanos que tanto me entorpecieron el vivir. Me daría la enhorabuena por todo lo conseguido, me diría que estoy orgullosa de mí misma y que lo he hecho muy bien, lo mejor que he podido. Me diría cosas que siempre he buscado en las voces de los demás, pero que en realidad quería que proviniesen de mí. Me cogería de la mano y me reiría de mi recorrido observándolo a mi lado, con el humor de mis tropiezos y la alegría de mis triunfos. Sentiría ternura y compasión por el mero hecho de querer ser mejor humana. Me perdonaría por todo lo que aún no pude perdonarme y me desearía un buen viaje.

Hacer las paces con uno mismo es muy importante, ¿no lo crees? Quién querría irse de este mundo cargando vergüenza por lo pasado, por lo vivido. Seguramente esta sea la parte más difícil para todos, cogernos de la mano sin juzgarnos por esos momentos en los que habíamos caído.Y reírnos, reírnos mucho por todo lo sufrido y por lo poco que era merecido. Darnos cuenta asombrados de la sencillez de las reglas de este juego llamado vida.

RECUERDA LOS MENSAJES DE TU INFANCIA

Irónicamente es en nuestros últimos momentos cuando traemos de vuelta la infancia. En ese día no puede faltar su presencia. Muchas personas la señalan como uno de los mejores lugares donde encontrar la dirección de sus vidas. Es fascinante la enorme sabiduría que se recoge en esos primeros pasos en el mundo. Y bien, ahí nos encontramos. Preguntándonos cuánto hemos sido fieles a esos sueños y cuántos nos hemos desviado del camino. Sea cual sea la respuesta, la conciencia está tranquila. No en vano sigue siendo el último día de tu vida.

En la evolución de ese mundo inocente tuvieron una gran impronta nuestros seres queridos. Aquellos que nos arroparon y empujaron, los que siempre quisieron desde el corazón lo mejor para nosotros. Aferrarse a esos momentos está bien, la nostalgia es poderosa. Nos enseña el valor del tiempo. Aquel que se encuentra presente eternamente. Ese que sientes que no pasa, que no se acaba. Aunque suelan ser la perspectiva y la distancia las que nos ayuden a percibir esa faceta inalcanzable del tiempo, nunca es tarde para celebrar lo vivido.

AMA A CONSCIENCIA A TUS SERES QUERIDOS

Tarde o temprano llegará el adiós con mis seres queridos, aunque me reconozco más partidaria de los “hasta pronto”. Pero refugiarse en la esperanza de un posible futuro reencuentro no evaporará fácilemente mi miedo a perder y a la soledad. Llegarán las lágrimas y por supuesto los perdones. Perdones por sufrimientos innecesarios, perdones por la falta de amor y de coraje. Pero consigo llegarán también las gracias, las gracias por todo lo compartido y lo aprendido, el sentirme enormemente afortunada por haber vivido a su lado. Este es un buen momento para decirles cuánto les he querido y cuánto ha significado para mí su presencia. Es mi momento para decirles todo lo que me habría gustado que me dijeran para vivir con sentido. Esas cartas que tantas veces imaginé pero que nunca escribí, ahora es el mejor momento de escribirlas. Y esas miradas llenas de sentimiento, esas lágrimas, esas sonrisas, besos, abrazos y caricias… oro en cualquier cultura humana, la auténtica y verdadera riqueza. Quien quisiera pudiera escoger ahora sentirse inmensamente rico. 

ENCUENTRA TU MANERA DE CREAR Y CONTRIBUIR

He empleado gran parte del último día de mi vida en mi amor por mí misma y por los demás. Pero, ¿qué hay de los otros tres pilares? Aún me queda tiempo. Ante ese redoble de tambores me dirigiría a un lugar que, por alguna razón, sería importante para mí. Le toca el turno a mi momento de creación, de contribución y de reencuentro con la naturaleza. ¿Y por qué no fusionarlos? Al fin y al cabo, mis máximos creativos los descubro cuando más conectada estoy con ella.

Crear es hermoso. Todos somos artistas. Ante ese lienzo, esa partitura, esa hoja en blanco, esa pista de baile decidimos con qué amalgama de colores, melodías, frases o pasos vamos a llenar nuestra vida. El mundo sería mucho más bello si las personas decidiésemos crear más desde el corazón, ya que la influencia de nuestras acciones va más allá de lo que podamos ser conscientes. ¿No es maravilloso el poder de crear? Poderosísima herramienta esa, llamada imaginación, para formar un presente y un futuro mejor. Como yo me siento cómoda con la escritura, acudiría a ella para que me ayudase a plasmar mis últimas palabras. Bajo la sombra, el sol, el viento, la lluvia de ese día; buscaría la mejor manera de despedirme y de agradecer todo lo vivido. La naturaleza, como aquella fiel compañera de viaje que siempre ha sido para mí, estaría una vez más a mi lado. Prolongaríamos nuestro encuentro hasta el último instante, en el que mi “hasta pronto” resonase con tal fuerza que incluso me permitiese glorificar la eternidad contenida en el último día de mi vida.

3 Comments

  1. Hola Andrea. Soy compañera de tu padre de Cestona.
    En uno de los cursos, al final, hacemos una rueda y decimos lo que nos nace del corazón. Yo, al final de un curso leí algo sobre la Gratitud y hoy quiero expresarte la mía por esa sensibilidad tan maravillosa que desprendes.
    Un abrazo Andrea.

    • ¡Muchísimas gracias por tu comentario Luisa y tus bonitas palabras!
      Otro fuerte abrazo para ti.

  2. Bueno. Qué decir ante unas reflexiones tan hermosas; auténticas, expresadas con la sensibilidad con las que lo has hecho.

    Lo primero que me sale es expresar un enorme y sincero «Gracias». Por compartir esta gran joya. Otra de tantas a las que nos tienes acostumbrados, Andrea. Gracias por inspirarme de un manera tan especial.

    Tu escrito y los temas que en él mencionas y abordas dan, fácilmente, para rellenar unos cuantos libros. ¡Y sus interrelaciones, otro tantos! Sin extenderme demasiado, me centraré en uno de ellos: la muerte. Yo también he fantaseado algunas veces con el último día de mi vida. Aunque, a diferencia de todas las cosas tan bonitas que tú has expresado que te gustaría vivir o experimentar en esos momentos, yo he tendido a enredarme en intentar descifrar el significado de la muerte, y de la propia vida. Supongo que, quien más o quien menos, todo el mundo lo ha hecho alguna que otra vez. He venido haciendo esto desde bien pequeño; aunque con mucha menos frecuencia en los últimos años. Durante buena parte de todo ese tiempo, lo que me movía a hacerlo era el miedo a la desaparición del «yo», el temor asociado a la aniquilación de la construcción mental que creía que era todo lo que sustentaba mi existencia. Y cuanto más intentaba entenderlo con la mente, más confusión y sensación de angustia se adueñaban de mí. Me aterraba esa idea, me parecía aberrante. Mejor dicho, a mi ego le genera pavor esa idea. Pero no a lo que soy en realidad.

    Sea como fuere, he aprendido a aproximar esta cuestión más desde el corazón, y menos desde la mente (concreta). Cuando logro estar calmado y en estado de conexión (por ejemplo, en la naturaleza o cuando me encuentro escribiendo algo que me mantiene muy presente), lo que el corazón me susurra es que la muerte, tal y como la concebimos generalmente, no deja es más que un imposible. Y que la vida no tiene opuesto. Cuando me descubro divagando o fantaseando en cómo será mi último día en este mundo me doy cuenta de que ese día es ahora, pues toda la existencia y los infinitos sucesos que en ella se desarrollan se plasman en el inabarcable lienzo que proporciona el Ahora; el momento presente. Por ello, siento que en este preciso momento, tod@s estamos naciendo y «muriendo» al mismo tiempo. Desde mi punto de vista, es una mera cuestión de percepción consciencial; el tiempo no es más que una ilusión mental.

    He descubierto que abrirme a esta concepción me libera del miedo a «morir», de la desesperación de dejar de existir. A su vez, esto me ha permitido hacer consciente el hecho de que todas las cosas que he imaginado que me gustaría hacer en ese último día (mostrar mi amor a los seres queridos, hacer esa «locura» que nunca nos atrevimos a hacer, etc.) debo hacerlas en este preciso instante. Porque no hay nada más que el Ahora, y nada puede ser pensado, imaginado o experimentado fuera de sus dominios. Por tanto, el mejor momento para amarnos y amar con locura y dejar nuestra única y maravillosa impronta en el mundo es; siempre, Ahora.

    Siguiendo con la construcción (ficticia) del Yo pasado – presente – futuro, si tuviera que decirle algo desde el lecho de «muerte» a mi yo actual para ayudarle a recordar sería: «Conócete a ti mismo y te amarás. Cuando te ames, amarás al mundo.»

    Un abrazo,

    Carlos

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