Libros de pintura y café

La lluvia me había dado tregua, pero empezaba a urgir resguardarme en algún lado. Tardé un buen rato en escoger una cafetería. Habiendo pasado por delante de varios establecimientos ninguno parecía convencerme (de nuevo). Al final, me decidí a detenerme frente a una cuyas cristaleras tenían unas grandes letras de color verde. He de reconocer que siento cierta debilidad por el verde. 

Me dirigí hacia ella y me paré en la entrada, confusa: parecía estar cerrada. Era bastante grande y oscura y, para mi pesar, ante un primer vistazo no encontré atisbo de vida en su interior. Sin embargo, algo llamó rápidamente mi atención: unas estanterías repletas de libros decoraban las paredes de la segunda planta. Me encantan los locales con libros. No hizo falta mucho más para animarme a confirmar si el sitio estaba realmente cerrado.

Sentí cierta alegría al descubrir una puerta mimetizada entre las grandes cristaleras que cedió al ser empujada. Acto seguido me pregunté cuántas personas más habrían recibido el mismo confuso mensaje que yo. Me encaminé hacia su interior decida de lo que iba a pedir. Un buen libro y un café o té caliente en un día de lluvia es una combinación perfecta, yo diría que hasta mágica. Es como una especie de ritual que embellece aún más la atmósfera que ya crea el propio acto de lectura. 

Mientras pedía mi taza de café, aproveché el momento para conversar con las dos encargadas, que, aburridas, se ocupaban de los pocos quehaceres que una cafetería en la que yo parecía ser la única clienta podía ofrecer. Me animé a transmitirles mi admiración por las estanterías. Ellas me respondieron agradecidas con una sonrisa. Ya con mi premio entre mis manos, les pregunté si podía acceder a las mesas de la segunda planta, a lo cual accedieron amablemente.

Una vez alcancé las mesas y estuve a una cercanía suficiente de las estanterías, experimenté una mezcla de sorpresa, decepción y diversión al mismo tiempo. Las estanterías y los libros existían, sí, pero estaban pintados en la pared: eran libros de pintura. Desde la calle no disponía de una referencia adecuada como para haberlo podido diferenciar. La situación me pareció cuanto menos cómica. 

Me senté en una de las tantas mesas vacías, lo más cerca posible de las vistas que me ofrecía la fría cristalera acariciada por la lluvia. Como siempre, calenté mis manos con la taza, di un sorbo y abrí la página por la cual me había quedado leyendo en el pequeño parque momentos atrás. Al echar un ligero vistazo al frente descubrí sorprendida a un hombre recogido en un sillón, dormitando. Me pregunté cuánto tiempo llevaría ahí y si las encargabas se habrían olvidado de su presencia, como parecía que el resto del mundo había hecho.

La música de una emisora de radio caldeaba el ambiente. Parecía que intentaba en vano esconder el silencio que reinaba en el vacío establecimiento. En ciertas ocasiones me desconcentré de mi lectura por la repentina subida del volumen, que, descubierto y avergonzado, volvía a dejarse caer en el agradable y respetuoso volumen inicial. Observé de nuevo a aquella persona hecha un ovillo en el sillón esperando descubrir en ella algún signo de vida. No parecía molestarle la descontrolada música. Tardé un poco en darme cuenta de que no eran las encargadas las responsables de esas idas y venidas del volumen, el cual parecía estar definitivamente roto.

Me digné a admirar de nuevo la estampa que la cristalera me regalaba de Madrid. Ese grisáceo y húmedo paisaje de un día del mes de noviembre se me antojó así, perfecto. Una paz difícil de explicar se hacía notar en el ambiente y embellecía aquellos minutos de lectura y café, en aquella cafetería de libros pintados en la pared. Es maravilloso ser consciente de que todo momento es digno de hacerse memorable. Siempre existe la oportunidad de que se haga memorable. Tú eres quien tiene la última palabra. Así quise que fuera mi tarde de lectura y café, memorable, y así terminó siéndolo.

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